Hay algo nuevo que me ha hecho escribir, y con unas ganas tremendas. Supongo que os habréis enterado todos de la nueva propuesta del Consejo Escolar hacia el Departamento de Educación. Su propuesta ha sido el querer cambiar el nombre de las vacaciones de Navidad y de Semana Santa por el de vacaciones de invierno y de primavera.
Bien, lo digo tal cual: una de las principales funciones del Estado Moderno es la de vaciar al individuo, desvincularlo de todo resorte que le lleve a la realidad, para que sea éste – el Estado Moderno – el único que vista al individuo, que le dé sentido, identidad y significado a su existencia.
Quiero desarrollar un par de cuestiones que me hacen pensar ésto, pero antes debo señalar un tema, que a mi parecer, es crucial para entender al hombre moderno; esto es, la separación del individuo con Dios, la ruptura del hombre con el sentido último de todas las cosas. Es un proceso muy largo y pausado el que nos lleva a este hecho, teniendo gran influencia primero el Protestantismo Luterano, luego la Ilustración y la Revolución Francesa con su nuevo culto a la Razón. También todo tipo de humanismos y de movimientos gnósticos hacen mella en esta “revolución”. Pero no quiero explicar tanto las causas de esta ruptura – ya que necesitaríamos mucho más espacio y tiempo – sino las consecuencias de la misma. La ruptura con Dios no sólo desfigura y fragmenta la existencia del hombre sino que éste se ve incapaz de darse un significado, de realizarse a sí mismo, de definir o dar sentido a cada uno de los factores que le constituyen como persona. Don Giussani, en una obra titulada La conciencia religiosa en el hombre moderno, lo dice así: “El hombre (con esta ruptura) no solamente ha perdido el significado de su propia existencia, sino que constata, además, que es incapaz de realizar su propia humanidad”. Y añade a posteriori algo todavía más interesante: “el hombre, incapaz de ser él mismo, busca refugio en sistemas, en ideologías, en las que no se vea implicado lo que él es como hombre, como yo.” Es decir, que la ruptura con Dios no solamente crea un vacío de sentido, de significado de la existencia, sino que además conlleva una incapacidad en el hombre de realizarse a sí mismo. Esta incapacidad lleva al individuo a refugiarse en lo que le echen (ideologías, pseudo-religiones, discuros bonitos...).
Viendo la situación, podríamos decir que el Estado Moderno lleva ventaja si obviáramos a la familia y a la tradición. La familia y la tradición siguen siendo dos resortes básicos para el individuo, que le otorgan significado, sentido y, básicamente, le forman. Por tanto, el Estado Moderno tiene todavía dos rivales que disolver, la familia y la tradición. Está en ello.
¿Cómo diluímos la familia? Una manera es relativizándola, considerando todo tipo de uniones diversas como “familias”. Cuando todo vale como familia, ésta pierde fuerza, pierde dignidad. Otra manera es promoviendo el divorcio express, para que a la mínima que tu mujer te toque la moral puedas divorciarte sin tener que hacer el esfuerzo de pensártelo. Otra forma es convenciéndonos – a través de los mass media, por ejemplo – de que lo que nos hace felices es ser totalmente independientes, así, no debe sorprender que se pueda abortar a los 16 años sin consentimiento de los padres. Porque los padres ya no deben decir nada, eso es “anticuao”, ¡ahora somos modernos!, uno es uno mismo sin nadie, hemos de ser independientes. Pero con el Estado que nadie lo sea porque se llenará de multas y juicios incluso penales.
¿ Y qué hacemos con la tradición? ¿Cómo combatimos a la Historia? ¿La ignoramos, la intentamos cambiar, nos la inventamos? No lo sé amigos, solo sé que una manera de combatir con ella es la nueva propuesta del Consell Escolar de cambiar el nombre de las vacaciones de Navidad y de Semana Santa por vacaciones de invierno y de primavera. Javier Barraycoa, en un breve ensayo titulado Sobre el poder en la modernidad y en la posmodernidad, dice lo siguiente: “ Las estructuras de poder posmodernas se imponen generando un sentimiento de universalidad fundamentado en un rechazo de tradiciones históricas y en la ausencia de un reconocimiento cultural que procure identidad. Más bien, el ciudadano posmoderno sufre la indefinición del proyecto de ciudadano y la consecuente pérdida de identidad. Sólo así puede alcanzar una identificación con toda la humanidad: vaciándose de sus contenidos existenciales y generando así una artificiosa igualdad.”
Sin un Dios presente y vinculado a nuestra vida, sin la familia y sin tradición, estamos vendidos a todo aquello que venga con intención de darnos identidad, sentido y significado a nuestra existencia. Para invitar todavía más a una seria reflexión, concluyo citando a un gran pensador del siglo XIX, Alexis de Tocqueville, quién dirá lo siguiente: “ Los ciudadanos caen progresivamente bajo el control de la administración pública, como sin darse cuenta, se ven obligados a ceder todos los días nuevas porciones de su independencia individual; y los mismos hombres que un día derriban un trono y pisotean la autoridad de los reyes, se pliegan todos los días sin resistencia a los menores deseos de un funcionario.”
Sigamos “tragándonos” el bonito discurso demagogo de la Posmodernidad, obviando las cosas importantes de la vida, obviando aquellas exigencias y evidencias más íntimas que nos caracterizan como hombres y llegará un momento en que nuestro nombre habrá sido puesto por el Estado. Y el nombre será lo de menos.
Y por favor, no le demos cuerda con propuestas estúpidas que solo se sustentan por el objetivo de "ser más modernos".
Soriano.
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